Marelis Loreto: La documentalista de la migración

Luego de un fracaso migratorio, Marelis Loreto llegó a Guayaquil, Ecuador, donde desarrolla el proyecto Cuenta tu historia: autobiografías de la diáspora venezolana


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Cuenta tu historia: autobiografías de la diáspora venezolana es un proyecto que tiene la estructura de un libro y funciona por temporadas. El 7 de febrero de este año comienzan a publicar la cuarta temporada.

Igual que un libro, cada historia tiene una introducción, siete capítulos y conclusión. Las introducciones y conclusiones de cada temporada son escritas por Marelis y cada uno de los capítulos es una historia diferente contada por su protagonista, en primera persona. 

Marelis, filósofa de profesión, aclara que no se trata de historias de vida, sino de algo más parecido a monólogos de teatro. “La imagen que pensé cuando la idea del proyecto estaba naciendo, fue la de una persona sentada en un taburete bajo una luz cenital, contándole a un público a oscuras cómo ha sido su proceso migratorio. Así, íntimo y anónimo”.

Sin edulcorantes ni eufemismos

Marelis fue la primera en sentarse en el taburete bajo la luz cenital. Su historia es la primera de la primera temporada y lleva por título Migrar: Sin edulcorantes ni eufemismos. Es el relato de dos “fracasos migratorios” que con el tiempo quedó en uno.

Luxemburgo era su sueño y el de su pareja, Luis Pérez Valero, musicólogo, compositor y docente “y para ello nos parecía entender que debíamos hacer una larga escala en otro país europeo, que decidimos que fuera España. Escogimos estudios por dos razones: para poder sacar nuestro dinero del país (lo cual no podía hacerse impunemente sin autorización del Gobierno/Estado) y para tener permiso de residencia. Es decir, para estar legales.

Escogí hacer estudios feministas movida por convicciones, creyendo que añadirle un elemento ‘práctico’ a mi currículum me abriría un abanico de posibilidades laborales. Pero tampoco era que me engañaba. Siempre supe que la renuncia al país pasaba directamente por la renuncia a mi carrera. En Venezuela somos raros los que nos dedicamos a la filosofía, pero en Europa no hay nada más común que eso. Gente que estudió filosofía y fanáticos del fútbol podrían abarcar fácilmente el 80% de la población española, de modo que trabajar en un zoológico recogiendo bosta de elefante era lo que me había planteado para ese proceso de transición, hasta que pudiéramos llegar a Luxemburgo”.

En España comprobó que en cuestiones legales, una cosa puede decir el papel y otra la práctica, la vida real. “si bien teóricamente sí es posible el cambio de estatus en España, en la práctica esto no ocurre a menudo. Y no ocurrió en nuestro caso. El estatus que sí estábamos a punto de perder era el de estudiantes para convertirnos en ilegales, al margen de la sociedad, con todas las imposibilidades que ello implicaba. Cuando vimos que estábamos a punto de caer en ese abismo dimos patadas de ahogados, tuvimos una alegría de tísico, pero luego decidimos renunciar a nuestra apuesta porque creímos que moriríamos –literalmente- en el intento”.

La primera víctima fue Bilbo, uno de los tres gatos que los acompañaron en la aventura. Le diagnosticaron diabetes “y eso fue determinante en nuestra decisión de regresar a Venezuela” a pesar de la solidaridad de los vecinos españoles que con frecuencia invitaban “a los chicos venezolanos” a compartir unas tapas.

 Muchachita los acompañó en España y ahora está en Guayaquil

Regresamos a Venezuela en el inicio del proceso inflacionario. Regresamos masacrados por nuestro propio fracaso, destruidos, sin fuerzas para hacerle frente a la hecatombe venezolana. Muchos nos llenaron de cariño pero pocos entendieron nuestra devastación. Yo enfermé al poco tiempo de haber llegado, enfermé tan profundamente que envejecí como unos veinte años.

A finales de 2016 mi esposo consiguió trabajo en Ecuador: un correo de un amigo con una oferta de trabajo, envío del currículum, respuesta, entrevista y “sí, véngase en dos semanas”. Nada parecido a nuestro intento previo. Aquí no hubo pre-tesis migratoria y sí hubo, por el contrario, seguridad laboral para él. Nos endeudamos para que él pudiera viajar adelante y nos volvimos a endeudar para que yo pudiera reunirme con él cuatro meses después.

El primer año en Guayaquil fue difícil para Marelis. Se proyectaba como un segundo fracaso migratorio porque la búsqueda de trabajo era infructuosa por la edad: Mayor de 40 años. La reconfortaba la calidez y solidaridad guayaquileña.

Sus únicos trabajos de ese primer año fueron a destajo y desde sus redes venezolanas: clases de filosofía por skype, corrección de textos y producción de artículos.

Me estaba consumiendo de la preocupación así que, cuando cumplí el año aquí, y entendiendo que necesitaba producir algo propio y que yo lo considerara importante, me ideé el proyecto Cuenta tu historia: autobiografías de la diáspora venezolana”. Eso la hizo renacer.

El proyecto tiene tres objetivos claros: 1) hacer registro de dos datos objetivos, a) lo que se vive dentro de Venezuela que termina siendo móvil para que la gente decida irse y b) con qué tiene que enfrentarse una vez en el exterior; 2) ser una ventana para los venezolanos anónimos, que muchas veces es tanto como un espacio para la catarsis de los protagonistas pues pocas veces uno tiene de verdad la oportunidad de ser escuchado sin juicio; y 3) referencia para aquellos que eventualmente decidan marcharse.

“El blog fue, desde un principio, el espacio natural para la publicación de las historias. La razón es obvia si se piensa que el proyecto no tiene ningún financiamiento. Cuenta tu historia no puede generar gastos. Blogger es gratuito, así que es la plataforma ideal”.

Todos para uno y uno para todos

Marelis ha ido armando su equipo ad hoc. Anavi Piñero, que ilustró la primera temporada, vive ahora mismo su proceso migratorio en Canadá; Natali Herrera-Pacheco, la fotógrafa que me acompañó en la segunda temporada, está en Estados Unidos; María Emilia Castellet, también fotógrafa que estuvo junto a nosotros en la tercera, vive en Venezuela; y Manuel Coelho, el ilustrador que me acompaña en la cuarta temporada que recién empieza, se mudó hace poco a Lima. El trabajo de cada uno es de altísima calidad pero además ha sido un gusto trabajar con ellos porque son muchachos responsables y comprometidos. Trabajar sin remuneración le resta incentivo, es normal, más cuando hay que concentrarse en salir adelante, de modo que su trabajo para Cuenta tu historia tiene un valor inmenso para mí.

El proceso para conseguir las historias es como sigue: hablo con el protagonista y le cuento del proyecto (y le mando el link del blog para que lo entienda mejor), lo enamoro y lo invito a que forme parte de él. En cuanto acepta fijamos una fecha para nuestro encuentro, que será por Whatsapp. El día fijado conversamos por mensajes de voz. Estos audios los transcriben mis transcriptoras estrellas (Sarah y Andrea, que están en Venezuela) para luego yo limpiarlos y editarlos. Una vez que el texto esté legible y amable se lo envío al protagonista. La razón de este paso es doble: es fundamental que el protagonista se lea a sí mismo vuelto texto. Contarle a otro nuestras experiencias, sabernos escuchados, puede resultar incluso un alivio para quien cuenta, pero leerse es un encuentro íntimo con uno mismo y muchas veces puede resultar doloroso. Considerando eso es que me parece primordial que el protagonista tenga esa lectura previa, antes de que se vuelva pública. La otra razón es de índole práctica: es para que el protagonista verifique que todo está en orden en la historia, que las cosas sí fueron como salen en el documento final. En cuanto la historia está lista y aprobada por el protagonista, pasa a manos del ilustrador. Por último lo subo al blog y lo dejo pendiente para publicación.

Las publicaciones duran 9 semanas, luego me tomo 4 semanas sin publicar para afinar la siguiente temporada hasta que llega el tiempo de publicar la nueva. Y así sucesivamente.

Todo proyecto tiene un final, ¿cuál será el final de Cuenta tu historia: autobiografías de la diáspora venezolana?

Delimitar el final de este proyecto no parece verosímil, porque el objetivo es hacer registro de la diáspora venezolana pero somos cerca de 5 millones. No es abarcable. Así las cosas, el límite es mi fuerza y mi disposición de tiempo para registrar tantas historias como sea posible. Por fortuna, como la estructura de publicación es por temporadas, si se me acabaran las fuerzas y no puedo continuar, con seguridad quedará cerrada la temporada y entonces sabremos que es la última.

Desde que empecé a materializar el proyecto pensé en buscar financiamiento, y es una idea que permanece, solo que es una vía que no sé muy bien cómo concretar. Lo que sí me queda claro es que eventualmente procuraré compilar las historias en un libro (o dos, o tres… lo veremos). Por lo pronto, suman 28 historias: 21 públicas y siete por salir a la luz. Y ya empecé a grabar las historias de los protagonistas de la quinta temporada. Siempre hay quien quiere contar su historia y allí estoy yo, para escuchar y luego volverlo texto. El proceso es una experiencia formidable.

Mi vida en Guayaquil…

Sobre nuestra vida en Guayaquil no hay tanto que contar. Luis pasa todo el día en la universidad y los gatos y yo permanecemos en casa, que es desde donde yo trabajo enCuenta tu historiay en cualquier tigre que me salga. Por ejemplo, en estos días escribí un artículo para Yo Dona, el sabatino de El Mundo, España, de quienes soy colaboradora eventual desde 2013.

Salimos poco. Ecuador es un país caro y afortunadamente nosotros somos del tipo que prefiere usar su tiempo para ver alguna película o leer un buen libro, así que no nos pesa. Tenemos un grupo de amigos venezolanos que son como nuestra familia acá y a ellos solemos visitarlos con alguna frecuencia. Por último está el cementerio, que es mi lugar preferido de la ciudad.

En general, a Luis y a mí siempre nos ha parecido importante visitar los cementerios de las ciudades que conocemos, pues ése es probablemente el lugar con más historias. Por cada tumba hay alguien que vivió una vida irrepetible y es estupendo elucubrar sobre esas vidas a partir de muy pocos datos: fechas de nacimiento y muerte, dedicatoria y el estado en que se encuentra la tumba.

En el caso del cementerio de Guayaquil, además de que es precioso, la primera vez que lo visité me hizo sentir exactamente lo mismo que sentía cuando iba a estudiar al Parque Los Caobos, en Caracas. Es curioso eso porque no se parecen en lo absoluto, pero la sensación en mí es la misma: una enorme tranquilidad que lo vuelve el espacio idóneo (fuera de casa) para leer. Además, hay colonias de gatos y puedo pensar en muy pocas cosas que me hagan tan feliz como estar rodeada de gatos mientras leo.

🇻🇪❤🇪🇨📕

Enrique Rondón Nieto / somosarepa.com


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